viernes, 8 de junio de 2012

El insólito caso del italiano que perfumaba el barrio

Se llamaba Pascual. Recorría el barrio en una extraña bicicleta. Llevaba en la parte trasera un enorme bidón. Del bidón salía una manguera que Pascual sostenía por encima de su hombro izquierdo. El extremo de la manguera tenía una llave y un rociador que le permitía a Pascual esparcir a su voluntad una finísima lluvia. Lluvia de perfume con el aroma de su Italia natal. Pascual añoraba volver a su tierra. Pero allí, en el pequeño paese, solamente quedaba soledad y miseria. Eran años malos y la bonanza se encontraba aquí, en la América. Trabajaba de zapatero, encorvado en su labor, el olor al cuero le era familiar, pero cuando salía del pequeño cuarto, los olores que invadían el conventillo lo volvían a la realidad, a esa realidad que le apenaba el corazón. Por eso decidió inventar el perfumador. Y allí salía repartiendo el aroma de la campiña en un Buenos Aires húmedo, pegajoso, con calles de adoquines, barro y cemento. Al esparcir la fragancia, lo rodeaban cientos de mariposas y la bicicleta se elevaba en el aire. Desde allí podía ver el castello, la piccola Chiesa, las callecitas intrincadas, las rejas engalanadas con malvones floridos, y más allá, entre la arboleda y por el camino de tierra, a un pastor conduciendo un rebaño de ovejas. Cuando sus manos y su vista no le permitieron remendar más zapatos, notó que le quedaba poca esencia para repartir. Cargó lo poco que quedaba en el bidón y recorrió las calles. En una esquina cualquiera encontraron la bicicleta con el bidón vacío. Pero a Pascual no volvieron a verlo. Aún hoy, de vez en cuando, cientos de mariposas de colores invaden el barrio y luego cae una fina llovizna con perfume a lirios, olivos y limoneros.

viernes, 13 de abril de 2012

Canto marino


Cada madrugada Rodolfo subía a su lanchón y partía mar adentro. Cuando amanecía se regocijaba de haber escogido ese trabajo. Consideraba mágico ver el sol asomando en el horizonte, pintando de colores la aurora, extendiendo sus rayos dorados sobre el agua. Entonces comenzaba la invariable tarea de buscar el lugar propicio y arrojar las redes. Día a día disfrutaba de la algarabía de las incansables gaviotas revoloteando alrededor del bote. Le gustaba su vida.
Al mediodía recogía las redes esperando una buena pesca. Acostumbraba arrojarle los peces chicos a las aves que le agradecían con sus graznidos estridentes.
Al regresar, descargaba sobre el muelle la preciosa carga con la que se ganaba el sustento.
Vació los cestos. En el último algo no terminaba de caer. Miró distraídamente para quitarlo pero detuvo su mano al mismo tiempo que el corazón pareció saltarle del pecho. ¿Qué era eso que lo miraba entre asustado y desafiante? No era un pez, ni nada que se le pareciese. Miró esos ojos insertos en un rostro que parecía humano. Luego bajó la mirada por ese cuerpo diminuto de color cetrino que se convertía en pez a partir del vientre. Se alejó con el cesto. Nadie debía verlo. Tenía que devolverlo al mar lo más pronto posible, antes de que… antes de que. ..Con sorpresa notó que ese ser extraño respiraba con facilidad y que no dejaba de mirarlo. Definitivamente no era un pez.
Caminó por el espigón evitando las miradas de los curiosos. Inclinó el cesto para que el ocupante pudiera ver el mar y comprendiera su intención. Notó que las diminutas manos se aferraban al borde para no caer y asomó la cabeza. La pequeña boquita se abrió y un canto profundo resonó invadiendo el espacio.
El canto persiguió a Rodolfo día tras día, noche tras noche, año tras año. Y su último suspiro fue un débil sonido parecido a un extraño llamado.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Ideas


Le ocurrió cierto día. Mientras se peinaba notó una protuberancia en el cuero cabelludo. Separó los cabellos y vio como le nacía una idea. Era linda. Se le deslizó por la camisa, el pantalón y anduvo dando vueltas por todos lados hasta que se acurrucó y se quedó dormida.
Cuando esa misma mañana Raúl llegó a la oficina, contó que tenía una idea. Lo miraron asombrados, lo felicitaron y lo siguieron mirando de reojo mientras se disponía a archivar los legajos apilados.
Durante los próximos días fueron muchas las ideas que le nacieron. Algunas buenas, otras viajaban a la luna, cinco eran azules, dos redondas, pero las que más le gustaban eran las que tenían sabor a pimienta. Su pequeño departamento había tomado vida. Raúl se sentía feliz, hasta había pensado en comprarse un traje de color claro, pero aún no sabía qué hacer con tantas ideas que continuamente salían de su cabeza.
Preocupado, lo comentó con el único compañero con el que intercambiaba una que otra palabra. De respuesta obtuvo como consejo que eligiera aquellas ideas más fáciles de realizar y las procesara. Raúl no entendió bien, pero no se atrevió a preguntar.
Al abrir la puerta de su departamento, tantas ideas lo confundieron de tal forma que estaba completamente mareado. Supuso que se habían procreado entre ellas porque además de haberse multiplicado, se habían transformado en cuadriculadamente rojas, divertidamente elásticas, aburridamente pegajosas o brillantemente simpáticas.
Aturdido, trató de recordar la palabra que le había sugerido su compañero. De pronto “procesarlas” vino a su mente. Como no tenía procesador, tomó la vieja licuadora. Vertió todas las ideas, puso la tapa y presionó el tercer botón. Risas, gritos, llantos, insultos salieron del artefacto hasta que devino el silencio. Apagó y desconectó la licuadora. Un líquido tornasolado ocupaba el interior. Sacó la tapa y volcó el contenido en un vaso. Un fuerte golpe en el departamento vecino lo sobresaltó. Reaccionó con un movimiento torpe y no pudo evitar que el vaso se cayera. El vidrio se partió en cientos de astillas. Ante su mirada incrédula, el líquido se escurrió mansamente buscando la rejilla. Estaba irremediablemente perdido.
Se sintió raro, vacío, solo. No quiso cenar y se tiró a dormir. Por la mañana se peinó reiteradamente frente al espejo separando por mechones los cabellos. No había nada. Se puso el saco gris, suspiró, salió cabizbajo y cerró la puerta.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Ruptura


Damián fue quien dijo las últimas palabras. La flecha de Cupido cayó sobre la copa destrozándola en mil pedazos. Se incrustaron en el corazón de Laura. Una lágrima de sangre corrió por sus mejillas. Se oyó un lamento cuando la gota roja cayó dentro de la taza de café.
Laura tomó su pequeño bolso, se levantó y salió del bar sin decir palabra. Damián permaneció inmóvil. Se preguntó si había hecho lo correcto. De pronto comprendió que había sido un error, que la amaba.
Tiró unos billetes sobre la mesa y salió. No pudo verla. Entre la multitud que colmaba las calles trató de abrirse paso. Comenzó a correr. Golpeó contra una columna de alumbrado con el brazo izquierdo, que quedó desde el hombro hasta la mano con la palma hacia arriba sobre la vereda. En la distancia vislumbró el cabello de Laura. En su alocada carrera no vio el hoyo donde quedó su pierna derecha. Saltaba aún cuando al tropezar con una baldosa perdió la pierna izquierda. Al caer también dejó en el suelo el brazo que le quedaba .
Reptaba desesperado tratando de alcanzarla cuando sintió que una bota le pisaba el cuello y desprendía su cabeza del torso. Pensó que había tenido suerte. Estaba más liviano y la cabeza rodaba con más velocidad en el declive de la calle. Sólo advirtió el respiradero del subte cuando su nariz quedó enganchada. Un ojo salió de la órbita y continuó bajando por la pendiente. Calculó que a la velocidad que llevaba la alcanzaría y hasta podría adelantársele. Tal como lo previó el ojo se le adelantó justo cuando ella bajaba el pie.
Laura oyó un sonido opaco al tiempo de tener la sensación de estar aplastando algo. Se acercó al cordón de la vereda y pasó varias veces el zapato por el borde para desprender lo que había pisado. Y siguió su camino.

domingo, 23 de octubre de 2011

El Coleccionista


Miró a su alrededor. En la penumbra de la habitación, vio como los frascos que había reunido a través de los años abarrotaban la vieja estantería. En algunos, el polvo acumulado no permitía ver el contenido. Tomó el pequeño plumero. Con infinita paciencia fue repasando los frascos uno a uno. Allí estaban las bolitas de vidrio de colores, piedritas, caracoles, cucarachas, botones, algunas ranas en formol, libélulas despedazadas. A un costado, el álbum con las mariposas disecadas. Decidió entreabrir las persianas. Para su sorpresa, una mariposa revoloteaba por los rosales secos y volvía a posarse sobre el vidrio llamando su atención. Abrió apenas la ventana y con mano experta apresó las alas de la mariposa. Entre sus dedos le pareció una flor que debatía para recuperar la libertad. La miró con atención. El dibujo de las alas le revelaron dos ojos verdes. La emoción del recuerdo hizo que sus dedos se aflojaran y la mariposa huyó. Quedó unos minutos mirándola hasta que desapareció. Cerró la ventana y las persianas. La oscuridad invadió el lugar. Volvió a recordarla. Tomó las llaves del cajón y arrastrando los pies bajó cansinamente hasta el sótano. La puerta chilló al abrirla. El olor nauseabundo lo guió hasta el lugar. Las cadenas sostenían las muñecas huesudas. La desnudez era un revoltijo de carne y tendones. Vomitó. Salió y volvió a cerrar la puerta. Mientras subía las escaleras lamentó su vejez, las fuerzas perdidas, el deseo acallado. Abrió el cajón, dejó caer las llaves y lo cerró. Volvió a la estantería. Tuvo que estirarse para poder alcanzarlo. Esbozó una sonrisa. Allí estaba el frasco con la colección de ojos.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Imputada


Sos inocente. Pero sólo escuchás cómo te acusan. Vos sola no pudiste haberlo hecho. Cómo se les ocurre. Igual no va a pasar nada. Nunca pasa nada. Transcurre el tiempo y todo se diluye. Menos vos. Vos no quisiste. Vos no. Pero te culpan. Si no podés reaccionar por vos misma. No sos más que una parte de un dispositivo. Un dispositivo letal. Pero no, vos no quisiste. Qué será de vos. Luego será como siempre. Te sacarán del lugar donde estás alojada o te dejarán allí, en ese frío, en ese silencio. En la terrible quietud de ese cuerpo inerte.

El trámite


Mira el número del edificio y confirma que corresponde a la dirección que tiene anotada en el papel que lleva en la mano izquierda. En la derecha sostiene el maletín. Camina por el pasillo hasta el ascensor. Lo detiene el cartel de “No funciona”. Suspira y comienza a subir con esfuerzo escalón por escalón. Se para en el descanso para respirar y renovar fuerzas. Lamenta su sobrepeso y saca el pañuelo para secar la transpiración del rostro. Recién está en el primer piso y tiene que llegar hasta el tercero. Hace una mueca de resignación. Sigue subiendo. Hace otra parada en el descanso del segundo piso. Oye voces y pasos que lo alcanzan. Una joven pareja lo saluda y se le adelanta. Respira hondo y sigue subiendo. Se alegra al ver garabateado el número 3. Empuja la puerta y entra. Lo envuelve el murmullo de la gente. Mira buscando algún cartel que le indique el paso siguiente. Lo ve: “saque número”. Se acerca al mostrador y tira del dispenser : treinta y trés. Observa que hay una veintena de personas esperando. Busca con la mirada algún asiento en la última fila. Encuentra un lugar vacío en medio de la sala. Pide permiso y pasa tratando de no tropezar. El asiento es de plástico azul y no está en perfectas condiciones. Preferiría quedarse parado por temor a romperlo, pero está muy cansado después de haber subido los tres pisos.
Se sienta. Mira el cartel indicador de turnos: catorce. Hace una estimación del tiempo que tomará llegar hasta el treinta y trés. Cinco minutos por diecinueve: con suerte hora y media. Se resigna. Apoya el maletín en el suelo. Alza la cabeza. Su mirada se detiene en una esquina del cielo raso, una araña está tejiendo una delicada red que se balancea con la brisa que le llega del ventilador. Disimula una sonrisa pensando en que sería mejor si los empleados tuvieran los ocho brazos de la araña, así podrían procesar cuatro trámites a la vez. Oye el sonido del cambio de número en el indicador de turno: quince. Se siente adormecido. Los párpados le pesan. Cierra los ojos.
Despierta sobresaltado. Oye a la empleada repitiendo cada vez más alto, treinta y tres, treinta y tres, mientras en el indicador de turnos relampaguea su número. Se levanta. Con la voz entrecortada dice : aquí, aquí. Levanta la mano con el número. Toma el maletín, y nota que han quedado no más de dos o tres personas. Presenta el formulario a la empleada que se lo devuelve inmediatamente con un: quinto piso pero hoy ya no dan más números”.